viernes, 14 de marzo de 2014

UCV siempre ha vencido las sombras, la brutalidad y la estupidez

Un escrito de Claudio hace unos años que hoy nos toca releer...

Por Claudio Nazoa

Carlos Raúl Villanueva paseaba por la Universidad Central de Venezuela, su Universidad. Se detiene frente al reloj y compra una chicha ligadita con ajonjolí.

Escucha que alguien lo llama, voltea a todos lados hasta que levanta su cabeza y descubre que es el Gran Reloj quien le habla:

-¡Maestro, auxilio! ¡Ayúdenos! Estas horas son negras y pesadas. Son horas de brutalidad e ignorancia Y suplicante añade:

-Por favor, sáqueme de aquí, regréseme al hermoso diseño que creó en un papel sobre su mesa de dibujo.

Calcinado por el sol, el Gran Reloj de la UCV continuaba su monólogo.

-Yo, maestro Carlos, apuré siempre a profesores y alumnos que llenos de alegrías, ideas, proyectos y sueños, pasaban por aquí.

-Yo no fui diseñado para andar hacia atrás y usted lo sabe, sólo puedo y debo andar hacia adelante, pero parece que hay algunos que no lo entienden.

Carlos Raúl escuchaba en silencio.

-Mi base, en forma helicoidal, me inspira a ir hacia arriba, hacia ese lugar donde está usted junto a su colega, el gran arquitecto del universo.

-Soy el símbolo del tiempo universitario, que marca la sublime inteligencia que siempre me ha rodeado.

-Soy el vigilante silencioso del tiempo que alumnos y maestros invierten en descubrir los cimientos de la ciencia y la filosofía.

-Mis agujas señalan optimistas los segundos, que se convierten en minutos y estos en horas y luego en años.

-Soy, mí estimado Carlos, el tiempo útil que jóvenes, llenos de ilusiones, emplean para descubrir los misterios de la vida.

Tras una larga pausa, el reloj unió las agujas que giran en su esfera numerada, y casi como si fuera a orar, marcando las 12, imploró con dolor:

-Maestro, dígale a Calder que nos preste las nubes de la cubierta arqueada que flotan sobre nuestra Aula Magna.

-Dígale, que montados sobre ella, usted y yo podremos volar hacia un sitio donde existe la UCV que usted soñó.

-¡Apúrese Maestro! Vargas nos espera y nos recuerda que el mundo no es de los violentos, sino de los justos que habitan en él.

Y mientras escuchaba al reloj, Villanueva terminó de tomar su chicha, tras una breve pero significativa pausa, con dulzura en la voz, dijo:

-No querido Reloj. Tú, Calder, Vargas y yo, nos quedamos aquí, acompañando a los justos, a los que piensan, enseñan, estudian y aman en libertad.

Recogiendo sus instrumentos de diseño, Villanueva levantó su cabeza y con el sol de frente le dijo al Gran Reloj:



- Ten calma, guía del tiempo, que lo que aquí hay es un problema de plomería; se rompió una cloaca y la porquería, las ratas y las cucarachas han invadido momentáneamente este recinto...

-No te preocupes, seguramente ya vienen 50 mil plomeros de boinas azules a limpiarlo.

El reloj, más erguido que nunca, miró con nostalgia hacia la tierra de nadie, hacia las instalaciones de su, ahora mancillada, Casa de Estudios. Uno de sus números, como si fuera una lágrima, se desprendió de su esfera y cayó sobre la Plaza del Rectorado.

- Ten calma - repitió el arquitecto- no eres el único reloj que se queja en Venezuela. Los relojes, como tú, nos alertan que el tiempo se diluye en esperanzas inútiles.

- Solo te pido lo que sabes dar, dame tiempo Reloj Ucevista. Ese tiempo que tú mismo marcas, el que nos avergüenza después que pasa por no haber tomado partido por la verdad.

-Por favor, tranquilízate, pronto será todo como antes, recuerda que eres el principal testigo de que la UCV siempre ha vencido la sombra, la brutalidad y la estupidez; que en vano, tantas veces, han tratado de posarse en ella.

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